En estos días se han publicado varias noticias en la prensa sobre la puesta en marcha de nuevos carriles bici en la ciudad.
Estas noticias, junto a las que ya conocíamos sobre las actuaciones municipales recientes entre la Glorieta de los Osos y el Instituto José María Pereda (Antigua Avda. General Dávila) por un lado (link), y las actuaciones del Ministerio de <transportes que transfiere al Ayuntamiento las antiguas carreteras generales (link), dan una idea de que estamos alcanzado un punto de inflexión en la configuración de la red ciclista de nuestra ciudad.

El escenario es cada vez más esperanzador, hemos pasado años con una red inconexa y de calidad a menudo cuestionable, pero como ya apuntábamos en entradas pasadas en el blog, estamos avanzando hacia la consolidación de una red ciclista estructurada, y esto representa un hito muy singular en el proceso que nos lleva hacia la movilidad sostenible. Unir el carril del Pesquero, con la subida de la Marga hasta los Castros, enlazando con lo existente en el Paseo Altamira (antiguo General Dávila) y las nuevas actuaciones que comunican por la S20 hasta El Sardinero es crear un escenario cualitativamente distinto del existente.
Asimismo, parece que por fin se ha aprobado el nuevo Reglamento General de Circulación que va a cambiar la forma de circular por nuestras calles y carreteras, con cambios como
- Imponer la obligatoriedad del casco a menores de 16 años, a profesionales que empleen la bici en su trabajo y en las vías interurbanas
- Establecer la circulación del ciclista por el centro de la vía, como un vehículo más, marcando unas distancias mínimas más exigentes en la circulación y las maniobras.
- Permitiendo a los ciclistas aprovechar su flexibilidad ante semáforos y embotellamientos para así hacer valer su ventaja en el tráfico urbano.
- Imponiendo restricciones de velocidad más exigentes en las maniobras de adelantamiento y en la circulación en general.
Realmente todas estas medidas ya eran conocidas parcialmente y es cuando las presentamos todas juntas cuando adquieren su auténtica dimensión. Sin embargo, queremos centrarnos en esta entrada en la importancia de los cambios subyacentes en las valoraciones sociales, en la interacción entre ciudadanos y en las percepciones sobre lo que es vivir todos juntos en un medio urbano.
En primer lugar, no podemos olvidar que estamos encarando el fin de la legislatura, y éste es tradicionalmente el momento en que las corporaciones presentan los proyectos ejecutados durante la legislatura de cara a la valoración de su gestión en las urnas. Ésto se califica a menudo de martingala para engañar al votante, aunque hemos aprendido que la creciente complejidad administrativa asociada a la puesta en marcha de proyectos es en gran medida la responsable del retraso hasta el final de la legislatura. Pero en todo caso es una gran noticia que la rendición de cuentas a la ciudadanía bascule hacia la presentación de proyectos ciclistas. Es un signo de que a “trancas y barrancas” hemos conseguido cambiar la visión. Recordemos que las primeras medidas en la legislatura en algunos municipios avanzaban hacia el desmantelamiento de la infraestructura ciclista preexistente, así que ésto es sin duda un signo de avance.
No obstante, si leemos en la prensa los comentarios de los lectores, observamos un debate social que muestra unos puntos de vista algo más inquietantes, y que omite otros especialmente relevantes:
- Se insiste en presentar el desarrollo de la infraestructura ciclable como una barrera a la fluidez del tráfico, pues ocupa espacio del viario, asimismo se presenta como un peligro para las personas, sean ciclistas, peatones o conductores, y finalmente como una barrera para el sacrosanto derecho a aparcar nuestros vehículos. Las evidencias incuestionables existentes de que el carril bici descarga la circulación automovilista al sacar vehículos de la pista, y las evidencias de reducción de accidentes al segregar el tráfico, no están aun insertas en los debates sociales. Es pues aun más interesante que las corporaciones sociales hayan asumido que es un buen momento para empujar la bicicleta.
- Se obvia el reconocimiento de que estamos en un proceso transitorio que está en marcha y aun no ha culminado. Se critican los carriles por atender una demanda oculta, sin entender que difícilmente hay ciclistas sin garantizar la circulación segura. Se acusa a los carriles de formar una red inconexa, sin atender a la tramificación y desarrollo gradual propia de todos los esquemas lineales y reticulares. Es cuando se logra cerrar la red cuando el itinerario muestra su sentido y hace aflorar la demanda. ¿Acaso no hay calles sin salida esperando el avance de la urbanización?. No se pide desmantelar esos casos por falta de tráfico.

- Es cierto que la asignatura pendiente de Santander es la remodelación del tráfico en el centro de la ciudad. Nuestro centro es en la práctica una carretera de paso de 4 carriles orlada de aparcamientos saturados y con una circulación de autobuses obsoleta. Es ya un debate clásico el que plantea la necesidad de dotarnos de intercambiadores periféricos, aparcamientos disuasorios y simplificación del trafico, para así salvar el poder atractor de visitantes del centro de la ciudad. No obstante, se sigue planteando la oposición al calmado del tráfico y a la introducción de las vías ciclistas para proteger al comercio local cuando las evidencias dicen exactamente lo contrario.


- No se presta atención a los efectos inducidos por los nuevos carriles. La aparición, por ejemplo, de una conexión del ramal existente en el Paseo Altamira con la nueva vía desde Cuatro Caminos en el Instituto José María Pereda, refuerza el interés del siguiente tramo hacia el Conservatorio. Dicha prolongación obliga además a considerar en cuales de las comunicaciones mecánicas verticales (ascensores, rampas y escaleras) podría autorizarse el uso por ciclistas “desarmados” que buscan ganar cota. Y lo que es más importante, la incorporación de nuevos y más modernos formatos de vías al catálogo obliga a plantearse la reorganización de los tramos antiguos, como el que discurre por la Avenida de los Castros, o el tramo pintado junto al Centro Botín, que claramente están obsoletos, y no reúnen condiciones para el uso fluido y seguro. No podemos dejar de recordar también la inaceptable salida de Santander por la marga hacia el polígono de Parayas que sin duda será un problema explosivo con el aumento de la demanda.
- No se deja de oír el clamor que afirma que Santander, como ciudad con fuertes pendientes jamás será ciclable, sin prestar atención a la expansión de las e-bikes, y al hecho de que con recorridos alternativos el usuario de la bicicleta puede evitar las inhumanas rampas que nos adornan. A nadie se le oye clamar por la apertura de calles que recorran de oeste a este la ladera sur del Paseo de Altamira atacando las cuestas a la mitad. Nuestra ciudad ha sido trazada pensando en un centro único en un punto bajo y en una movilidad automovilística radial, y eso independientemente de las bicis, debería cambiar.

- Se esgrimen generalizadamente las “gravísimas” infracciones de los ciclistas, contra la provisión de carriles. Y ello por personas que ven normal que los vehículos dupliquen la velocidad permitida, que ocupen carriles estacionando en doble fila frente al bar donde desayunan, que circulan peligrosamente, y en el caso de los peatones que ignoran las señales e invaden los carriles. Véase en la imagen la señal que prohíbe el cruce a los peatones en la Calle Castilla, que es habitualmente ignorada y desconocida, y observese como, en la acera izquierda, la señal azul semioculta tras el árbol, que autoriza a peatones a compartir la vía por la acera es visible, reconocida y esgrimida sin problemas. Las infracciones de tráfico son habituales en los coches, pero nadie pide por ello desmantelar la circulación por las calles.

- Es llamativo también que se critique el carril de la S20 alegando que no estaba contemplado en el Plan de Movilidad Ciclista de Cantabria, y se rechace el nuevo trazado porque se ha desligado de la ampliación del parque de Las Llamas. El PMCC merece una revisión, ya lo indicamos en una entrada anterior (link). Han pasado casi 15 años y el panorama ha evolucionado mucho, por ejemplo con las bicicletas eléctricas y elevar el Plan a compromiso insoslayable resulta excesiva. Ligar dos proyectos como estos, ambos muy loables genera un debate de difícil salida que no resulta muy constructivo.

- Cada vez que se aborda un nuevo trazado, una nueva urbanización, un nuevo espacio urbano emerge en la discusión como argumento inapelable el balance entre los aparcamientos sacrificados y unos servicios inexistentes (porque aún no se han provisto las condiciones). Esta falacia muestra que esperamos que la administración nos provea de plazas para aparcar nuestro coche privado como derecho inalienable y que estamos dispuestos a renunciar a cualesquiera posibles ventajas o servicios emergentes. ¿De verdad esos son nuestros valores?. Si aumentamos el número de desplazamientos en bicicleta baja el número de coches y con ello la demanda de aparcamientos. Y por otro lado, ¿qué pasaría si alguien sin coche aparcase un cobertizo en la calle para guardar sus enseres? ¿sería legítimo?… No abramos melones que no podemos cerrar.
- Y finalmente, no vemos ni una sola vez romper una lanza por el impacto positivo de la bicicleta sobre la salud. Si hay una actuación rentable para esta sociedad es la movilidad sostenible, pero no solo porque nos permite atender de forma barata a las necesidades de movilidad, sino porque las mejoras en la salud de los usuarios, tanto por el impacto del ejercicio como por la reducción de contaminación son inmensas, a nuestro sistema sanitario no le sobran recursos precisamente.
Como conclusión, la nueva expansión del uso de la bicicleta que vamos a experimentar será el resultado no solo de una acción impulsada por nuestros gobernantes, sino de la reacción de unos usuarios potenciales que se han abstenido hasta ahora de atender a sus deseos, muy a menudo por miedo al tráfico, (es decir a sus vecinos automovilistas). Para estas personas encontrarse enfrente a esos mismos vecinos obstaculizando que disfruten de sus nuevas posibilidades supondrá una quiebra de las condiciones de convivencia.

